Educar emocionalmente a la infancia y la adolescencia para mejorar nuestro futuro

Crecimiento personal, Inteligencia Emocional, Personas

Educar emocionalmente a la infancia y la adolescencia es el mejor camino para mejorar nuestro futuro. En el Día Internacional de la Educación deberíamos pararnos a revisar si de verdad le estamos dando toda la importancia que decimos que tiene, y también a recordar cuál es la inteligencia más importante que podemos ayudar a desarrollar a quienes queremos: la inteligencia emocional.

Escuchándonos muchas veces en nuestras conversaciones domésticas, o escuchando a quienes nos gobiernan, parece que tenemos clarísimo que invertir en educación es la prioridad. Pero no es verdad. Esa preocupación “de boquilla” no se traduce en consenso social, ni en esfuerzo visible, ni en inversiones económicas. Somos de los países europeos que menos invierten en educación.

Sin embargo, estamos en tiempo de descuento en la necesidad de contar con ciudadanos y ciudadanas conscientes y emocionalmente fuertes que sean capaces de transformar la realidad común. Y como sociedad hacemos cosas en ese sentido, pero no parece que sea a la velocidad que el mundo necesita.

Por eso hoy, en el Día Internacional de la Educación, queremos dirigir la atención hacia la educación emocional. Y especialmente a la que podemos impulsar desde casa, en nuestra infancia y nuestra adolescencia, y de paso también en nosotras y en nosotros mismos. Porque favorecer el aprendizaje emocional de las demás personas impulsa el nuestro propio, ese es el mejor efecto colateral.

Dos claves de partida

La primera clave a tener muy en cuenta es que todo comienza en el autoconocimiento. El pilar fundamental de la inteligencia emocional es aprender a conocernos. Así que procuren que esas personas o personitas a quienes acompañan en esta aventura de la educación emocional tengan espacios adecuados para observarse, aceptarse y respetarse.

La otra clave es saber que todos los aprendizajes tienen asociada una experiencia afectiva agradable o desagradable que determina nuestra motivación a futuro. Lo que nos ha resultado agradable tendemos a repetirlo, y lo que no, a evitarlo.  Es fácil intuir cómo aplicar esto en las conductas que sabemos que les viene bien anclar en sus vidas.

Tres claves para educar emocionalmente:

  1. Si no sabes qué decir, y aunque lo sepas: pregunta

Pregúntales muy a menudo qué sienten. Provoca que se observen y además lo traduzcan en palabras. Y hazlo sin prejuicios. Seguro que a veces tienes clarísimo lo que le pasa, pero lo importante es que lo vea él o ella. Solemos interpretar demasiado rápido por qué las demás personas hacen o dicen las cosas, pero no siempre acertamos.

Y claro que preguntando emplearás más tiempo del que quizás tenías previsto, pero sin duda las preguntas son la mejor herramienta para apoyar el desarrollo de su sentido crítico, de su autonomía y, sobre todo, de su capacidad para observarse.

Algunas preguntas que te pueden servir: ¿qué sientes en este momento?, ¿qué crees que han sentido las demás personas?, ¿qué consigues haciendo o diciendo eso?, ¿se te ocurre cómo conseguir lo mismo de otra manera?, ¿qué parte de tu cuerpo estás notando ahora con ese sentimiento?, ¿qué te gustaría conseguir?, ¿cómo te gustaría conseguirlo?, ¿qué le dirías a alguien que se siente como tú?

  1. Déjales equivocarse

Si no experimentan, no aprenden. Por eso, genera oportunidades y entornos seguros para que puedan tomar, sin demasiado riesgo y de forma adaptada a sus edades, sus pequeñas grandes decisiones. Explícales las posibles consecuencias antes de que ocurran, y vigila que las entienden y las asumen.

Dice la ciencia que tomamos más de treinta mil decisiones al día, y un pequeñísimo porcentaje es consciente. Así que fíjate cuántas oportunidades de entrenar tenemos si nos hacemos conscientes de esas decisiones.

Algunas ideas: invitarles a decidir con qué actitud van a vivir lo próximo que vamos a hacer, sea lo que sea; ofrecerles alternativas sobre las actividades que hacer a continuación, o con quién hacerlas; decidir qué comer, qué vestir, qué leer, qué ver en la tele… Cada decisión sirve para fortalecer su capacidad de elegir y asumir las consecuencias. En el futuro, eso les ayudará en otras decisiones más importantes como qué estudiar, qué amistades cultivar, o con qué actitud vivir.

  1. Escucha con todo tu cuerpo y confía

Las niñas y los niños tienen muchos más recursos de los que imaginamos. Y tú también los tienes. Somos las personas adultas, con más experiencia, quienes debemos adaptarnos a su lenguaje, a su forma de entender las cosas y, sobre todo, a sus tiempos. Y en ese camino, la mejor herramienta es la escucha empática, o sea, la escucha más activa que te puedas llegar a imaginar: escuchar con todo el cuerpo.

Pon los ojos a la altura de los suyos. Capta todo su lenguaje emocional, y ofrécele el tuyo. Dialoga mucho, escucha más. Disfruta y aprende.

Porque no tenéis las mismas creencias, ni los mismos valores, ni siquiera medís el tiempo de la misma forma, pero eso es lo mejor. Confía y ten paciencia. Dales el tiempo que necesitan para aprender de sus propias experiencias y permítete aprender con ellos y ellas.

 

 

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