Tres claves en la educación emocional de los niños

Tres claves en la educación emocional de los niños

Inteligencia Emocional

Educar emocionalmente a los niños es tener en cuenta la inteligencia emocional en toda su amplitud, y claro, dicho así frena un poco. ¿Toda? ¿Qué es toda su amplitud? ¿Cuántas cosas debo tener en cuenta? ¿Cómo se hace? ¿Tengo yo mismo suficiente inteligencia emocional? Y así un sinfín de cuestiones que son un gran punto de partida. Me asustan las personas que no tienen dudas sobre lo que hacen. La duda es útil. La provoca la emoción básica del miedo, que bien gestionado alimenta la precaución, y ninguna precaución es poca cuando se trata de trabajar con los niños su inteligencia emocional.

Inteligencia Emocional desde las neuronas

Cuando estudias Inteligencia Emocional y te adentras un poco en el mundo de la neurociencia tomas conciencia de nuestra programación neuronal. Es el cerebro el que decide nuestras emociones antes de que podamos llegar casi a racionalizarlas, y también es nuestro cerebro, con su enorme plasticidad, el que decide las conductas que ponemos en marcha al sentirlas.

Cuando experimentamos algo por primera vez decidimos la respuesta que nos parece más apropiada, y si después consideramos que esa conducta nos ha servido, la repetimos. Cuando la repitamos muchas veces en experiencias parecidas, se automatizará. Así es como nos volvemos seres multitarea y muy eficientes. Pero cuando una conducta que se ha convertido en hábito deja de servirnos, nos cuesta más cambiarla.

¿Se imaginan cuántas conductas tenemos influidas por las experiencias de nuestra infancia? Las primeras veces que nos enamoramos, las primeras veces que tuvimos que hablar con muchas personas, las primeras veces que nos regañaron en público, las primeras veces que nos enfrentamos a una asignatura, a los exámenes… De adultos tenemos más recursos, más conocimiento, pero en muchos casos seguimos respondiendo con la misma tendencia de conducta que se formó en función del resultado de aquellas primeras experiencias.

Pongamos todo esto al servicio de la educación emocional: tres claves

La infancia y la adolescencia son las etapas más importantes e idóneas para afianzar actitudes, y por tanto, para consolidar aptitudes, creencias potenciadoras y valores que de adultos nos brindan una vida más plena.

Todo empieza en el autoconocimiento. Conocerse a uno mismo es muy importante, ser conscientes de cómo reaccionamos, pero sobre todo se trata de ser conscientes también de por qué y para qué lo hacemos. Eso es inteligencia emocional, y ahí es donde encontramos la razón de por qué algunas tareas o situaciones nos motivan –esto es, mantienen nuestras conductas- y otras no.

Así que como todos los aprendizajes provocan una experiencia afectiva agradable o desagradable en la que las emociones juegan un papel fundamental e influyen en nuestra motivación futura, tengamos en cuenta al menos tres claves que favorecen ese aprendizaje en los niños de forma constructiva.

 

  • Preguntar antes de juzgar, por obvio que parezca

 

Todos tendemos interpretar las razones por las que los demás hacen o dicen las cosas, sobre todo con los niños. Pero no son sus razones, son las nuestras.

Podemos evitarlo con una sana costumbre bastante simple: preguntar. Esto nos brinda más recursos para comprender y por tanto para apoyar mejor su aprendizaje, y también impulsa que los niños se entiendan mejor y entiendan mejor a los demás. Así desarrollamos su sentido crítico, su autonomía y su capacidad para observar y observarse, que es el motor del autoconocimiento.

¿Qué sientes ahora?, ¿qué crees que sienten los demás?, ¿qué ganas con esto?, ¿cómo podrías ganar lo mismo de otra forma?, ¿por qué haces eso?, ¿cómo lo haces?, ¿en qué parte de tu cuerpo has notado lo que sientes o lo que dices?, ¿qué quieres conseguir?, ¿cómo lo quieres conseguir? Y así otro largo etcétera de preguntas que al final dirigen a la misma conclusión que quizás quisimos decir desde el principio. Necesitamos más tiempo, claro, pero el aprendizaje es mucho más efectivo y duradero para ellos.

 

  • Dejar que tomen decisiones y vigilar que asuman las consecuencias

 

Como la experiencia es el motor del aprendizaje que fija las conductas, procuremos dejarles experimentar a su nivel. Esto significa promover entornos seguros en los que puedan tomar sus pequeñas decisiones, y sobre todo, dejarles equivocarse. Sólo tenemos que vigilar que entiendan las consecuencias y las asuman. Y para eso hay que avisarles de esas posibles consecuencias antes de que tomen la decisión.

Desde decidir si sólo mirar o participar en los próximos quince minutos de actividades, o decidir lo que hacemos juntos a continuación, o decidir con quién quiero hacer algo, y asumir las consecuencias – que en esto último es en lo que no andamos muy firmes los adultos-, les ayudará después a decidir con más criterio qué estudiar, quiénes son sus amigos o con qué actitud afrontar lo que les pasa en la vida.

 

  • Confiar en los niños

 

Ellos suelen tener muchos más recursos de los que creemos, sobre todo emocionales. Sólo tenemos que adaptarnos a sus tiempos, a su lenguaje y a su momento evolutivo. Escucharles de verdad, y hablar mucho con ellos.

No les miremos desde nuestras creencias, ni pretendamos que valoren lo que nosotros valoramos. Confiemos y tengamos paciencia para que nos sorprendan. Cuanto más confiemos en los niños, más fácil será darles el tiempo que necesitan para aprender de sus experiencias y más inspiraremos su propia confianza.

 

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|Fotografía principal: Sharon McCutcheon en Pexels|

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